Debe quedar (tiene que quedar)
algún rincón de selva
alguna isla pacífica, desértica
un lugar
con cierta intimidad para besar la tierra.
- Blanca Elena Pantin
Debe quedar (tiene que quedar)
algún rincón de selva
alguna isla pacífica, desértica
un lugar
con cierta intimidad para besar la tierra.
De pronto, sientes un croar de ojos burbujeando,
granadas,
sobre tu espalda.
Es la noche
con sus labios
abrazada a tus venas.
Se abre el cielo
-sarcófago de fresca turmalina-.
Despiertas con la luna en tu espalda,
vastas lenguas de plata,
mejillas al sol,
falanges florecidas:
has llegado a la corteza.
Tus uñas tiemblan versos hasta henchirse de carmines.
El cielo es un retazo encriptado en tus manos.
Mañana la luna se cerrará en tus pupilas.
Mañana será tiempo de eclipses.
Abrirás los ojos
y escucharás las gotas
tras cortinas;
verás como mi espalda se dibuja en la luz
sobre tu cama.
Buscarás la noche entre las sábanas
y no hallarás mas que agua,
mariposas que se evaporan entre los dedos.
Toseré un poco, no debes preocuparte,
igual y es el reloj que ha parpadeado
o tu caricia que se ha salido de mi sueño.
Llenarás tus ojos con la piel
y buscarás la manera de quedarte,
de verme desnuda, con un puñado de sol
(en la mano) que no se va,
que nos toca a la puerta.
Despertaré y te habrás ido:
fuimos un punto en el mapa,
un sueño,
una llama.
Irma Torregrosa
- Francisco Hernández: San Andrés Tuxtla, Veracruz , 1946.
- José Ángel Valente
ECLIPSE DE UNA VOZ
Su voz era la danza,
segunda piel hecha de arrullos,
túnel de luz hacia el mañana,
la piedra necesaria
para cruzar los charcos.
Un día se desplomó
como lo hacen las paredes
cuando las vigas gimen
y se arrodillan las casas.
Entre silencios de polvo y escombros
su lengua innecesaria palpita
y se redime en el hundimiento
de todas las palabras.
En la saliva derramada
flotan pétalos, las cuerdas
de un laúd y cisnes blancos
cruzan un puente de barcas,
un arcoíris palidece en el mástil
de su horizonte, eco desvanecido.
José María Torrijos
APRENDIZAJES
Comienzo
a perder instantes.
A perderme.
Una décima de segundo.
Un milésimo de silencio.
Nada me despoja.
Todo me desnuda.
Es lo infinito que regresa.
Aprendo
a habitar el esplendor
de la sombra.
Ana Emilia Lahittea

Alejandra Pizarnik
- Ida Vitale
- Montevideo: 1924
Neus Aguado, Argentina, 1955
La musa
José Manuel Caballero Bonald
Anda, muchacha, ven y siéntate a mi lado.
Venía de contarle mis cosas a la tarde
y de pronto me veo,
como quien siente haber estado ya
allí adonde por vez primera llega,
en mitad de tu vida,
contándote mis cosas.
No bajes la mirada. No me digas
que nadie te lo ha dicho, que no sabes
que es un mar de agua dulce tu sonrisa.
Y mírame, que quiero ver el cielo.
Mañana es ahora mismo.
Aunque a veces alumbre,
ayer es una estrella que no existe.
Toda una eternidad nunca hizo falta
para saberse iguales. Para tocar la luz
basta con un silencio,
aquel instante en que nos sobra el mundo.
Si supieras las veces que te tuve
desnuda entre mis sueños,
vistiéndote de abrazos
antes de conocerte. Si supieras...
Si supieras, muchacha,
que esta noche el reloj
me clava en la esperanza sus agujas,
que se abre la distancia lo mismo que una herida,
que más temo al recuerdo que a la ausencia.
Si mañana mis ojos te dijeran...
Si fuera yo capaz,
si tuviera valor para decirte
mañana estas palabras que ahora arranco
no sé bien cómo, pero sí de dónde.
Si, al menos, cuando leas estos versos
en un libro, algún día, comprendieras
que sólo para ti fueron escritos.
Si tuviera valor, si tú supieras...
Si tuviera valor, me callaría.
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Batállame burla del poema la piedra recia con el ímpetu gallardo de quien apúntate al asalto y al asedio domeña cada uno de mis tropos
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Ella está hecha a semejanza de las cosas que amo.
Se parece a la noche,
o mejor: a una noche sin ausencia.
Ella es exacta.
Cuando la noche escurre, su cuerpo se humedece.
Me permite trepar por mis temblores
y agita su nombre desde la oscuridad.
Ella es irrepetible.
Nació en las piedras donde empieza mi desorden.
Poema de amor busca mujer:
sin límites de primaveras,
pero de pocos otoños.
Buena salteadora de tristezas.
Apostadora de vez en cuando a lo perdido.
Vacunada contra lo imposible.
Imprescindible sonrisa a manos llenas.
Se valorará capacidad de confidencia.
Abstenerse corazones de oro,
damas de respetables costumbres,
princesas de torneadas almenas.
Se ofrece:
despacho propio en estos versos
con vistas a un aguacero de dudas.
Sueldo ninguno, pero comisión en los sueños.
Inmediata incorporación a la complicidad.
Interesadas entrar sin llamar
no sin antes haber quemado
todo tipo de referencias.
Pedro Flores (Las Palmas de Gran Canaria, 1968).
Una mujer música y espanto
me ha inventado la muerte sin quererlo
se me esconde en la tinta en el volver en la mirada
los muros se cansan sin su nombre
y se echan a endurecer
a recuperar polvo
polvo de una ciudad que no existe sin ella
sus huesos son los huesos del tiempo
una mujer me ha vedado el antojo de ser yo
le ha roto el alma a la mirada
desde los puentes han caído las cenizas
hambrientas del hambriento
la señalaron le esparcieron las culpas en la sombra
y yo no pude envejecer entre sus muslos
su ombligo no atrapó mis manos
la tarde no nos salvó
de lo intocable y de la nada
no consigue un soñarse una mujer
sigue lo prohibido clavado en mis riñones
soy solo y ardo como un accidente
este poema no es otra cosa que un pretexto
para quedarme con ella
aparte en un rincón
están mis labios crudos
esperando.
Está mi tiempo acomodado
entre el amor y el desaliento.
Cada día,
con la memoria más pequeña
y la mirada más pendiente de la mar,
atiendo la gangrena de esta casa
que se me muere
por donde ayer solíamos
entrecruzar las velas de la carne.
Ya no rezo,
no corrijo la arruga que va del labio al alma,
ni me sorprende si la mano izquierda enloquecida parte
allá donde declinan las palomas.
Todo está por hacer:
desde morir
hasta plegar tu traje que de tanta quietud
se queja de la nuca.
Todo viene bajando por mi espalda
como río que parte hacia lo oscuro,
y quedo sola
sin la vejez de tus zapatos,
sin el olor a sal de tus axilas,
sin tu abrigo muriendo en el perchero.
Quedo sola,
como mujer de la fotografía,
con la raya del pelo bien trazada,
la blusa haciendo frente al tiempo-sepia
y en los párpados,
y en la boca,
dolorida la música que cantan los ausentes.
El Después
Penetro tu sintaxis corpórea
en la inmediatez del grito,
deambulo en la memoria de tu cuerpo
y me quedo:
Exhausta
Original
Trascendente,
siendo un mantra en nuestros hilos de respiración.
En el después, se arrincona una mirada inexistente
un viento de paloma en el hueco del mundo
el parto de dos huesos crudos expandiendo el origen
un titular que no nos habla sino desde el regreso.
Recorro entonces, el reposo
lentamente en un movimiento entregado a la materia inicial
del fragmento
que nos corta.